Nunca me interesó mucho ni poco el periodismo como tal periodismo, y lo tomé como medio más que como fin, procurando desde mis primeros momentos hacer literatura en periódicos más exactamente que periodismo literario
(César González-Ruano, Memorias)
César González-Ruano y Garrastazu de la Sota nació el 22 de febrero de 1903 en Madrid, en el seno de una familia de origen cántabro. A los dieciséis años, comenzó a cursar la carrera de Derecho "sin ningún entusiasmo", pues tenía una clara vocación literaria.
Ruano es conocido hoy en día por su faceta como articulista (se calcula que escribió unas treinta mil columnas a lo largo de su vida) y como memorialista (Mi medio siglo se confiesa a medias, 1951). Sin embargo, cultivó casi todos los géneros literarios.
De hecho: comienza su carrera literaria como poeta. Su primer libro fue un poemario titulado De la locura, del pecado y de la muerte (1920). En los años inmediatamente posteriores, dio a la imprenta una decena de libros, entre los que destaca Viaducto (1925), de estilo ultraísta. Y en la década de los cuarenta, vuelve a publicar algunas obras poéticas, como Balada de Cherche-Midi (1944).
También hay que mencionar su labor como biógrafo. Escribió la vida de Julio Cejador, Eduardo Zamacois, Eugenio Noel, José María Acosta (1927), Zola (1930), Unamuno, Casanova y Baudelaire (1931), el general Sanjurjo (1932), Miguel Primo de Rivera (1935), Mata-Hari (1943), etc.
Cultivó la narrativa larga y breve. Las novelas Circe (1935) y Ni César ni nada (1951) son un ejemplo de ello. Por último, llegó a componer dos obras de teatro: La luna en las manos (que se estrenaría en 1935) y Puerto de Santa María (en 1942).
Vamos a profundizar ahora en la faceta periodística de Ruano. En 1919, el mismo año en que ingresaba en la Universidad, hizo sus primeros pinitos en el semanario La Defensa, de Sigüenza (Guadalajara). Cuando hubo terminado los estudios de Derecho en 1925, trabajó en una empresa petrolera, en una compañía de seguros y en una garita de consumos. Pero Ruano estaba llamado a las letras y, así, en 1926 se incorpora al diario La Época, que dirigía el marqués de Valdeiglesias.
Era algo así como el diario de buen tono entre la vieja sociedad que leía La Época, aunque, para enterarse un poco más de lo que ocurría en el mundo, tuviera que comprar otro diario menos distinguido, pero más informado.
Ruano desempeñó tareas menores en este periódico. Después de varios meses trabajando allí, el director le llamó un día al despacho, le felicitó por su trabajo y le entregó un billete de veinticinco pesetas...
Ese mismo día, Ruano se reunía con Miguel Fontdevila, director de El Heraldo de Madrid, para colaborar en sus páginas.
Me dijo muy claro que él quería poca literatura. Cosas del día, interviús y reportajes o artículos muy sobre la marcha de las cosas.
De su paso por El Heraldo de Madrid recuerda:
Dentro de un fabuloso desorden, todo marchaba bien, y el periódico, hecho con cuatro cuartos y unas gentes dormidas y medio borrachas, se vendía como agua entre el gran público y también era leído por los intelectuales.
Ruano entrevista en 1927 a cinco ministros del Directorio Civil. Las interviús no se publicaron en su momento por la oposición de Miguel Primo de Rivera. Hubo que esperar tres años para que vieran la luz, en el libro El momento político de España a través del reportaje y la interviú. En 1930, entrevista también a José Antonio Primo de Rivera y a Miguel de Unamuno. Según el investigador Carlos García Santa Cecilia, las entrevistas de Ruano se caracterizan por las preguntas breves, directas, incisivas, incluso impertinentes.
Por aquella temporada yo hice uno de mis mayores esfuerzos periodísticos. Interviuvaba a todo el mundo, escribía artículos, firmaba largos reportajes… ¡Y qué poco en realidad me interesaba todo aquello! Pero era el momento del esfuerzo. Había que situarse, que ganar un nombre que ya aplicaría después a otras cosas más de mi gusto, y había también que ganar dinero, puesto que vivía a cuerpo limpio sólo de mi pluma.
En abril de 1931, El Heraldo de Madrid celebró el advenimiento de la República, y Ruano también. En aquel tiempo, era un convencido liberal que luchaba por un régimen republicano. No es de extrañar, pues, que escribiera cosas tales como que la monarquía no es "mucho más que la filatelia". Sin embargo, pronto se distanciará de la República y abrazará el monarquismo.
Con motivo del lanzamiento de Baudelaire, en el verano de 1931, conoció a Juan Pujol, recién nombrado director de Informaciones, y empezó a colaborar para este rotativo.
Pujol puso en mí desde el primer momento toda su confianza y creo sinceramente que le ayudé bastante en resucitar aquel cadáver que había cogido entre las manos y que empezó a venderse bastante bien como el mejor periódico de la tarde que estaba abiertamente frente al régimen.
Ruano se ocupaba de una sección diaria de comentarios de actualidad y de una página literaria semanal. Además, escribía un artículo diario, y repasaba y seleccionaba una parte de la colaboración.
Pues bien: una de las columnas que publicó para Informaciones, concretamente la del 23 de noviembre, fue galardonada en abril de 1932 con el Premio Mariano de Cavia, que concede el diario ABC. La columna se titulaba "Señora: ¿se le ha perdido a usted un niño?" y
era un comentario a un triste suceso de la actualidad madrileña, el abandono de un niño de año y medio en plena ciudad. Es uno de los artículos más breves que he escrito en mi vida.
El Cavia le franquea las puertas de ABC. Firmó con esta cabecera un contrato de exclusividad para la prensa madrileña. No obstante, escribirá bajo seudónimo algunos artículos para Informaciones, para La Nación y para la revista Acción Española.
En 1933, el director de ABC, Juan Ignacio Luca de Tena, le mandó como corresponsal a Berlín. La primera crónica que envía desde la capital de Alemania aparece el 3 de marzo, mes en el que Hitler ganó las elecciones legislativas. La última, el 16 de agosto. En sus textos, ensalza la figura del Führer y se rinde ante el ascenso del régimen nazi. Sostiene que el nacionalsocialismo no es una ideología de derechas puesto que defiende políticas sociales, y plantea la posibilidad de una restauración imperial en Alemania.
Debía haber permanecido en Berlín un mínimo de un año, y no aguanté sino seis meses. Me comía el deseo de volver a España y de escribir mil cosas y no las de Adolf Hitler por muy importantes que éstas fueran para el mundo.
La mayoría de las crónicas que escribió en Alemania se incluyen en Seis meses con los "nazis" (Una revolución nacional), un libro que vio la luz en octubre de 1933 y que contó con la subvención del Ministerio de Propaganda nazi a través de la Embajada alemana en Madrid.
En enero de 1934, fue enviado a Marruecos para averiguar qué había de cierto en el rumor —entonces no se hablaba de "leyendas urbanas"— según el cual todavía quedaban prisioneros españoles en manos de los rifeños trece años después del desastre de Annual.
Escribí entonces unos quince artículos para ABC con lo que había encontrado; poca cosa: desertores, alemanes aventureros que vivían islamizados y algún viejo fugado del presidio de Ceuta.
Asegura Ruano que, en los años 1934 y 1935, sus artículos en ABC "iban a la cabeza de la colaboración española". Vamos a abrir un paréntesis en el desarrollo de la biografía periodística de Ruano para abordar sus ideas acerca del artículo (que también llamaba "crónica"). Seguiremos en este punto al profesor Juan Gracia Armendáriz. Ruano concibe el artículo como un género literario en el que prima el carácter estético, y el elemento informativo no es sino una excusa para la escritura. Tiene que reflejar la subjetividad del autor, debe presentar una estructura y una unidad de contenido, y ha de ser fluido.
El artículo debe partir de asuntos menudos para remontarse a la categoría. Ruano se inspiraba en las gacetillas, en los anuncios por palabras, en su situación personal, en sus recuerdos... Poseía una facilidad extraordinaria para convertir cualquier cosa en una columna, hasta el punto de que era capaz de componer cuatro o cinco en una sola mañana.
Ruano piensa que el artículo enriqueció el periódico:
La literatura, por primera vez, bajó al periódico por necesidad económica, y no queriendo renunciar a sus mensajes y a su destino, a sus derechos y esperanzas, subió el periódico casi casi hasta su altura natural. Éste es el secreto, bien poco misterioso, de una generación de cronistas, de una generación que sin precedentes era un auténtica generación de escritores en periódico, no de periodistas que hicieran algo de literatura.
En 1934, recibió amenazas de las Juventudes Socialistas por unos artículos que había publicado en ABC, Informaciones y el semanario Gracia y Justicia contra Manuel Azaña, Indalecio Prieto y otros dirigentes republicanos. Para preservar su seguridad, Falange Española le proporcionaría un guardaespaldas.
En marzo de 1936, emprende un viaje de recreo a Italia que, en principio, iba a durar tres o cuatro semanas. Como su estancia se prolongaba, el nuevo director de ABC, Luis de Galinsoga, le ofreció el puesto de corresponsal en Roma, y Ruano lo aceptó.
Estalló a las pocas semanas la Guerra Civil española.
Logré ponerme en relación con la Junta de Gobierno Nacional en Burgos y con ABC de Sevilla ofreciéndome a la disposición y mejor parecer del Movimiento y pidiendo instrucciones de qué debía de hacer y dónde me consideraban más útil.
Durante un tiempo, trabajó como agregado de prensa en la Embajada española en Roma. Además de su colaboración con ABC, escribió artículos para el periódico España, que había fundado Gregorio Corrochano en Tánger. Y en 1938, entrevistó a Mussolini, a quien califica en sus Memorias como "el hombre más importante que tuvo Italia y quizá Europa en nuestro tiempo".
ABC le manda de nuevo a Berlín a finales de 1939.
Por un lado, me gustaba la idea de ir a Alemania, pero, por otro, me fastidiaba mucho encauzarme en una vida regular y vivir, sin emoción ni libertad, de un trabajo periodístico, que sólo la miopía de las gentes y la vanidad de los compañeros podían confundir con la literatura. Aquellas letras menores que debería yo despachar a diario por el telégrafo tenían algo de empleo, de burocracia de la profesión libre, y nunca, en realidad, me entusiasmaron, porque hay que hablar de lo que pasa, y lo que pasa es precisamente lo contrario de lo que queda, y porque cada vez estoy más seguro de que lo interesante en un escritor no es que nos cuente eso de lo que pasa, sino lo que le pasa, lo que le ocurre a él. Todo lo que directamente o indirectamente no es autobiografía acaba por no ser nada.
Ruano —que se consideraba escritor en periódicos, y no periodista— se aburría redactando comentarios a las noticias de guerra y política que evacuaba el Ministerio de Propaganda. Así que abandonó la corresponsalía y se trasladó a París en octubre de 1940.
Escribí a ABC una extensa carta en la que comunicaba mis deseos de volver a Roma, diciéndoles que como sabía ocupada aquella corresponsalía, esperaría en París el tiempo que fuera necesario, manteniendo con el periódico una simple colaboración literaria. [...] Quedé echado del periódico poco más o menos que como una criada, cosa que me afectó muy poco, la verdad sea dicha.
Durante su estancia en París, no colabora para ningún medio. Lleva una vida bohemia, y se dedica sobre todo a escribir poesía y a la compraventa de antigüedades y pintura. Por todo ello, despertó las sospechas de la Gestapo, que le detuvo el 10 de junio de 1942 y le encerró dos meses y medio en la cárcel parisina de Cherche-Midi.
Abandonó Francia en septiembre de 1943 y se instaló sorprendentemente en el pueblo barcelonés de Sitges. Pronto empieza a colaborar en La Vanguardia (que dirigía su amigo Luis de Galinsoga), en la revista Destino, en Informaciones, en Madrid, en Radio Nacional, en Radio España de Barcelona, etc.
A fines del verano de 1944 me envió La Vanguardia a la frontera catalana del Pirineo para escribir unas crónicas [documento .pdf] sobre el momento interesante y dramático en que las tropas alemanas se retiraban del sur de Francia y los pueblos eran ocupados por unas confusas patrullas de "la resistencia", en su mayoría españoles rojos.
En 1947, después de pasar el verano en Vizcaya, se trasladó definitivamente a Madrid.
Mi nombre no sólo no había padecido con la ausencia, sino que, al contrario, se me recibía como a una novedad con historia, sin cansancio ni desgaste.
A finales de año, escribía una treintena de artículos mensuales para Arriba, Madrid, Fotos, La Vanguardia, El Pueblo Vasco, La Codorniz, la Agencia de la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda, Radio Nacional, etc.
En abril de 1948, deja de colaborar para Madrid y vuelve a publicar en Informaciones, recién nombrado director su amigo Francisco Lucientes. Duró seis meses en esta cabecera porque, en octubre, se incorpora a La Tarde, de Víctor de la Serna, como articulista y encargado de las colaboraciones.
Llevé a La Tarde un plantel de colaboradores excepcional en la prensa diaria española, y creo yo que bien calculado para el gusto de todos los públicos. Llamamos a nuestras páginas como colaboradores fijos y frecuentes a Camilo José Cela, Gerardo Diego, Concha Espina, Enrique Jardiel Poncela, Felipe Sassone, Pedro de Lorenzo y Gaspar Gómez de la Serna, al tiempo que hacían secciones diarias firmadas José Antonio Torreblanca, Álvaro de Laiglesia y Josefina de la Maza. [...] También aceptaron colaboración en La Tarde Rafael Sánchez Mazas, Eugenio Montes, Eduardo Aunós, Torcuato Luca de Tena, Edgar Neville y varios más.
Ruano permanece en este diario hasta mayo de 1949, poco antes de su desaparición.
1949 fue un año pródigo en galardones para Ruano. Recibió seis premios, entre ellos el Nacional de Periodismo Francisco Franco.
Un año más tarde, difunde sus memorias en El Alcázar,
periódico que más muerto que vivo tomaron entre sus manos Pepe Pizarro y Víctor de la Serna y Répide, en el momento en que salió transformado y remozado y con nuevo ornato de periódico muy a la europea, vivo y ágil.
En 1951, esas memorias aparecieron en un libro que alcanzaría un notable éxito de ventas.
En 1952, empezó a colaborar en la Revista de Barcelona y en el diario Pueblo. En esta cabecera, publicó algunos fragmentos de su diario íntimo. A finales de 1953, inició una serie de conversaciones o entrevistas de personalidad en las páginas dominicales de Arriba, que le valieron un año después el Premio Nacional de Periodismo.
Llama la atención el elevado número de colaboraciones que Ruano atendía de forma habitual. A este respecto, reconocía en 1953:
Llegado por casi mecánico proceso de escalafón a una cierta altura profesional, el escritor se encuentra normalmente, y a poco que no se cebe en él la mala fortuna, con una solicitud de colaboraciones superior a sus posibilidades creadoras. No sé con exactitud lo que les ocurrirá a otros; pero por mi parte, y aun siendo de los que más escriben, cada mes me veo en la imposibilidad de hacer un mínimo de otros quince artículos que podía haber publicado y que, por supuesto, no son, ni mucho menos, indiferentes para mi economía.
Dejó Arriba y volvió al diario ABC en 1956. Ese mismo año viajó como enviado especial a Oriente Medio, y en 1959 cubrió para Blanco y Negro la ceremonia de entrega de los Premios Nobel en Estocolmo.
Fue elegido por Pueblo "famoso del año" en 1964. Esta distinción muestra la enorme popularidad que había conseguido el periodista. Según el profesor Teodoro León Gross, "la gente desayunaba café con leche y con César González-Ruano". Por su parte, Manuel Alcántara asegura que "llegó a tener una presencia seguramente insólita en España para un escritor".
Ruano falleció en Madrid el 15 de diciembre de 1965. Ese mismo día, apareció en ABC su último artículo, "La costumbre", en el que sostenía que "morir no es sino perder la costumbre de seguir viviendo".
A pesar de que cultivó todos los géneros literarios, César González-Ruano ha pasado a la historia como un gran escritor en periódicos. Él mismo parece intuirlo en sus Memorias:
He pensado que toda mi obra podía ser muy bien un simple entrenamiento para hacer un día mi libro definitivo. Y también si mi libro definitivo no lo habré ya publicado, hoja por hoja, y sin formar un volumen en la labor diaria y de apariencia efímera.
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