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Categoría: Reseñas

18 Diciembre 2008

Juan Carlos I: primera parte

Don Juan Carlos de Borbón tenía treinta y siete años cuando fue proclamado Rey de España. Treinta y siete años en los que había dejado de ser Don Juanito, el hijo del titular de los derechos dinásticos, y se había convertido en Don Juan Carlos, sucesor del general Franco a título de Rey. El historiador Javier Tusell (1945-2005) traza en Juan Carlos I. La restauración de la monarquía (Temas de Hoy, Madrid, 1995) la biografía política del Rey hasta el momento de su entronización.

Conviene hacer una advertencia antes de pasar a comentar el libro. Juan Carlos I... fue publicado en 1995 y participa de la visión triunfalista que existía entonces en torno a la Transición. Trece años después, puede sorprender al lector ese punto de vista dado que hoy prevalece una perspectiva más crítica de aquel proceso.

Estructura

El ensayo consta de tres partes y sigue un orden cronológico. El primer bloque lleva por nombre "La derrota de Don Juan" y comprende el periodo entre 1938 y 1948. Franco no procedió a la institucionalización del régimen, a la espera del desarrollo de la II Guerra Mundial. La monarquía, encarnada en la figura de Don Juan de Borbón, era la única alternativa viable a la dictadura. El hijo de Alfonso XIII lanzaría en 1945 el Manifiesto de Lausanne, en el que planteaba un programa de actuación que "coincidía con el de una transición a la democracia como la que Don Juan Carlos realizó treinta años después" (p. 106). Pero Franco, que no estaba dispuesto a ceder el poder a nadie, acabó por consolidarse en la jefatura del Estado. El pequeño Don Juan Carlos ocupa un papel irrelevante en este primer bloque del libro. Apenas sabemos que estudia fuera de España y que pronuncia con dificultad la letra erre.

Cobra protagonismo en la segunda parte, que —no en vano— se titula "De Don Juanito a Don Juan Carlos" (1948-1964). El Conde de Barcelona permitió que su hijo estudiara en España. Así pues, Don Juan Carlos completó su formación en la finca de Las Jarillas (cerca de Madrid), en San Sebastián y, posteriormente, en la Academia General Militar de Zaragoza. Franco había puesto los ojos en él: "Tenéis muchas más posibilidades de ser Rey de España —le dijo en 1962— que vuestro padre" (p. 345). No es de extrañar, pues, que en Estoril comenzaran a temer por un salto en la línea dinástica. De todos modos, el general toleraba también a otros pretendientes a la Corona como Alfonso de Borbón Dampierre (hijo de un hermano de Don Juan) o Carlos Hugo de Borbón Parma (representante de la familia política carlista).

El tercer bloque de la biografía —el más largo y, sin duda, el más interesante— se denomina "El comienzo de una acción política" y abarca de 1965 a 1975. Don Juan Carlos, que todavía en 1968 afirmaba que "nunca, nunca" aceptaría reinar mientras viviera su padre, fue designado un año más tarde sucesor de Franco a título de Rey. Carrero Blanco y López Rodó fueron los principales valedores de su candidatura. Consciente de que la monarquía sólo podía restaurarse en su persona, Don Juan Carlos afrontó "el mayor sacrificio de su vida", según le escribió a su padre en una carta (p. 500). A partir de entonces, el llamado Príncipe de España se ajustó al papel que le correspondía en el entramado institucional del régimen. En ese sentido, Carlos Seco Serrano le describe en el prólogo del libro como el "Rey paciente". Por fin, el 22 de noviembre de 1975, dos días después de la muerte de Franco, fue proclamado Rey de España. Su padre en ningún momento levantó bandera contra él y, en 1975, le comunicó que renunciaba a ocupar el Trono.

Precisamente, el Conde de Barcelona es el otro protagonista de Juan Carlos I... Destaca Tusell su tenacidad en el mantenimiento de la causa monárquica a pesar de la dificultad de conciliar los intereses del interior y del exilio, a pesar de la propaganda antimonárquica, a pesar de la escasez de recursos, a pesar de las discrepancias entre monárquicos tradicionalistas y liberales, a pesar de Franco. Don Juan siempre estuvo convencido de la misión conciliadora que debía cumplir la Corona, y supo transmitírsela a su hijo, que sería el encargado de llevar a la práctica esa misión en 1975.

Estilo

El aspecto más destacado de Juan Carlos I... es el riguroso y exhaustivo ejercicio de documentación realizado por Tusell. El historiador buceó en los archivos privados de los principales dirigentes de la causa monárquica, en su mayor parte inéditos. Consultó la bibliografía sobre el Rey y la causa monárquica durante el franquismo. Recogió los testimonios de algunos personajes de esta historia, entre los cuales se encuentra el mismo Don Juan Carlos. Por otro lado, también se valió de sus propios recuerdos para escribir la obra, pues en el tardofranquismo era —así se define en la p. 626— un universitario poco próximo al régimen.

El autor consigue dotar al texto de un estilo fluido, de tal manera que el lector no pierde en ningún momento el hilo del discurso. No era una tarea fácil. El ensayo consiste en una larguísima secuencia de acontecimientos desde 1938 hasta 1975. Tusell apenas introduce alguna reflexión y, sólo en contadas ocasiones, se detiene para contextualizar los episodios posteriores. Así pues, la fluidez que imprime a la obra evita que el lector se desoriente.

Comparecen en Juan Carlos I... varios cientos de personajes, cada uno con un pasado distinto y con unas tendencias políticas de lo más dispares (falangistas, tradicionalistas, democristianos, liberales, socialistas, comunistas, colaboracionistas con el régimen, no colaboracionistas, juanistas, "hijistas"...). De nuevo, el autor es capaz de presentar la información de manera clara para no crear confusión.

Aunque el texto resulta fácil de seguir, el lector debe poseer un cierto conocimiento histórico del franquismo. Al hilo de la biografía de Don Juan Carlos, Tusell menciona algunos hitos como el "contubernio de Múnich", el "espíritu del 12 de febrero" o el "crispado mes de septiembre" de 1975; pero no profundiza en ellos. Por tanto, una persona que carezca de esa base histórica tendrá dificultades para comprender el contexto en que se enmarca la obra.

Aportaciones de interés

Tusell trata de responder en Juan Carlos I... a varios interrogantes que gravitan sobre el periodo del tardofranquismo. Por ejemplo: ¿conocía Franco las intenciones que albergaba Don Juan Carlos para después de su muerte? El general era consciente de que el Príncipe debía actuar de otra manera —sostiene Tusell—; pero

no quería partidos para España, y menos aún el comunista, y tampoco democracia, por mucho que el lenguaje propio de ésta fuera utilizado por innumerables políticos del régimen (p. 536).

Y ¿qué actitud mantuvo el Príncipe de España con respecto al régimen?

No fue sólo el ejercicio del silencio, como dijo José María Armero, o el "hacerse el tonto" de Carrillo. Fue una operación más complicada que consistía en informarse dentro, explicar hacia fuera, mantener el silencio pero dejar caer su posición, esperar con paciencia, moderar posibles declaraciones inoportunas de su padre, andar siempre con pies de plomo y alimentar el rescoldo de las expectativas centradas en su próximo advenimiento sin por ello provocar recelos (p. 675).

Algunos historiadores consideran que la monarquía llegó a 1975 dividida en dos fórmulas prácticamente opuestas: la institucionalizada por el régimen en la figura de Don Juan Carlos, y la dinástica encarnada por Don Juan. Tusell rechaza esa interpretación y ofrece otro punto de vista:

La Institución monárquica se presentaba como una realidad bifronte, lo que le permitía cubrir un espectro político amplísimo [...], desde los aledaños del Partido Comunista hasta los inmovilistas más recalcitrantes (p. 604).

Ello no era óbice —asegura el autor— para que, una vez muerto Franco, una opción monárquica se antepusiera a la otra, de manera que pudiera cumplir sin trabas el propósito común.

Javier Tusell sostiene que el Rey fue protagonista esencial de la restauración de la monarquía y de la conquista de la democracia. Pues bien: cuando uno termina de leer Juan Carlos I..., no queda completamente satisfecho. Una vez restablecida la monarquía, el lector desea conocer la segunda parte, esto es, lo que ocurre a partir del 22 de noviembre de 1975. Es una lástima que Tusell no llegara a escribir un ensayo sobre la conquista de la democracia con el mismo rigor y la misma exhaustividad que empleó en Juan Carlos I. La restauración de la monarquía.

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18 Noviembre 2008

En pos de un buen reportaje

El profesor Carlos Maciá Barber asegura que el reportaje "es un género periodístico apenas investigado si se compara con la más elevada categoría que se le otorga en la profesión y el vivo interés con que lo acoge la ciudadanía". Por eso, ha dedicado un libro, El reportaje de prensa (Madrid, Editorial Universitas, 2007), a analizar el propósito y los recursos de este género en los suplementos dominicales de los principales diarios nacionales.

El manual de Maciá Barber está dirigido a los estudiantes de Periodismo que se inician en la elaboración de reportajes, así como a los reporteros profesionales que deseen perfeccionar sus aptitudes. También puede atraer la atención de aquellas personas interesadas en el género periodístico por excelencia.

La primera parte de El reportaje de prensa consiste en un estudio detallado del concepto de reportaje. Así, el capítulo uno aborda la evolución y la clasificación de los géneros periodísticos, al tiempo que recoge numerosas definiciones y tipologías del reportaje. El segundo tema ahonda en las cuestiones de la objetividad, la manipulación, la veracidad, la independencia, la responsabilidad y la honestidad. (Más abajo formulamos una objeción contra esta última palabra.) Y el tercero versa sobre la naturaleza interpretativa del periodismo, y su influencia en el género del reportaje.

Los tres primeros capítulos harán las delicias de todos aquellos interesados en la teoría del periodismo. Maciá Barber construye un discurso bien articulado, en el que afronta todas las cuestiones relacionadas con el trabajo informativo. Introduce también las opiniones de prestigiosos autores como Dovifat, Brajnovic, Casasús, Núñez Ladevéze, Martínez Albertos o Galdón. Por último, hay que destacar el notable ejercicio de documentación histórica realizado.

En la segunda parte del manual, el autor se centra en los aspectos prácticos que deben regir la elaboración de reportajes. El capítulo cuarto proporciona una serie de pautas para encontrar una buena historia. El siguiente tema (el más largo del libro) se ocupa de la redacción del titular y el texto, así como de la inclusión de recursos gráficos. Las características que ha de reunir el estilo del reportero aparecen descritas en el último capítulo.

A los estudiantes de Periodismo les resultará de suma utilidad esta segunda parte. Maciá Barber explica con claridad cuáles son los pasos para confeccionar un buen reportaje. En ocasiones, plantea varias opciones señalando sus respectivas ventajas e inconvenientes. Asimismo, ilustra todas las indicaciones teóricas con más de trescientos ejemplos extraídos de 183 reportajes. La selección de estos fragmentos —que constituyen la parte más valiosa del libro— demuestra la concienzuda labor de documentación y análisis que ha llevado a cabo el autor.

El principal inconveniente de El reportaje de prensa es la tipografía. La letra usada en las páginas interiores —e incluso en la contraportada— es muy menuda e invita a abandonar la lectura. Por eso, recomendamos a los lectores del manual que se provean de una lupa si no quieren desojarse. Editorial Universitas debería agrandar el cuerpo de letra en próximas ediciones. Sería de agradecer.

En otro orden de cosas, nos ha sorprendido que Maciá Barber emplee la palabra "honestidad" para designar el eje en torno al cual gira el buen quehacer periodístico. Se trata de una impropiedad léxica puesto que —como advertía Lázaro Carreter— la honradez es de cintura para arriba (‘integridad') y la honestidad, de cintura para abajo (‘decencia'). En cualquier caso, Maciá Barber es consciente de su falibilidad y lo reconoce en el libro: "La lectura de la obra de Lázaro Carreter —El dardo en la palabra, El nuevo dardo en la palabra— resulta didáctica y estimulante. Aunque duela descubrir nuestros errores, algunos mayúsculos".

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