Más de cuatrocientos millones de personas hablan español en todo el mundo. Resulta indudable en una lengua tan extendida geográficamente la existencia de diferencias regionales en cuanto a la pronunciación, el vocabulario, la sintaxis y la morfología. Así las cosas, se plantea la necesidad de establecer un vehículo de comunicación entre los hispanohablantes que trascienda las variedades diatópicas.
La estandarización del español consiste en la creación de un modelo lingüístico homogéneo, exento de dialectalismos, comprensible por un virtual público panhispánico. Este modelo se conoce como español estándar, español ejemplar, español internacional o español neutral.
El fenómeno de la estandarización trae consigo una serie de consecuencias. En primer lugar, facilita la comunicación entre los hispanohablantes de diferente procedencia geográfica. Asimismo, contribuye a unificar el idioma, puesto que el español ejemplar representa el punto de convergencia entre las múltiples normas cultas existentes. En contrapartida, sacrifica la expresividad de la lengua: el español neutral carece de matices locales, resulta descolorido.
Las empresas informativas tienen la misión de transmitir mensajes con la máxima eficacia al mayor número de personas posible. Así pues, los medios de comunicación internacionales deben prescindir de los dialectalismos para facilitar la comprensión de todo el público, con independencia de su origen geográfico. Sin embargo, creo que no es conveniente un grado absoluto de estandarización, porque atenta contra dos características básicas del estilo informativo: la claridad y la concisión.
En las distintas regiones del ámbito hispánico, un mismo concepto puede recibir varios nombres. La mayoría de los hispanohablantes están familiarizados con uno de ellos y desconocen los demás. Por ejemplo: un español se baña en la piscina; en cambio, un mejicano nada en la alberca y un argentino, en la pileta. Un español tropieza con el bordillo de la acera, mientras que un argentino se topa con el cordón de la vereda. Un español se rasura con una cuchilla, así como un colombiano se afeita con un rastrillo. Pues bien, ¿con qué criterio se puede optar por uno de estos nombres si todos son igualmente válidos?
A veces será posible hallar un sinónimo común a todos los hispanohablantes. Pero, en otras ocasiones, estandarizar la lengua equivaldrá a imponer como norma una palabra cuyo significado ignora la mayor parte del público. No olvidemos que los lectores o los oyentes de un medio buscan obtener información con facilidad y rapidez. Por tanto, los periodistas, en lugar de colocar obstáculos léxicos o sintácticos en sus mensajes, deben emplear un estilo claro y accesible a toda la audiencia.
Alberto Gómez Font, consciente de este problema, admite: "Quizá lo mejor sea [...] olvidarnos de encontrar una palabra común y aceptar que lo mejor muchas veces es recurrir a una perífrasis". Sin embargo, el lenguaje periodístico se caracteriza por la concisión. Así lo afirma Álex Grijelmo en su libro El estilo del periodista:
El informador debe huir de aquellos giros en que se usan varias palabras para decir algo que cabe en una sola.
En suma, los medios de comunicación internacionales deben estandarizar el idioma siempre y cuando respeten los principios de la claridad y la concisión.
Por lo que respecta a los medios locales, no tiene sentido que estandaricen la lengua, dado que todos sus destinatarios comparten la misma variedad diatópica. Los medios locales difunden información con la máxima eficacia cuando aprovechan los recursos que les ofrecen los dialectos.
Más información:
El español estándar y sus variedades en los medios de comunicación




Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados