Después de leer "El capote" (1842) y La metamorfosis (1915), creemos que se pueden establecer algunos paralelismos entre el relato del ruso Nikolái Gógol (1809-1852) y la novela del checo Franz Kafka (1883-1924). Realismo y absurdo en "El capote" y La metamorfosis: así se titula este artículo. Y es que ambas obras comparten un estilo propio del realismo y, al mismo tiempo, desarrollan unas historias tan irreales que acaban resultando absurdas.
En primer lugar, analizaremos los rasgos presentes en "El capote" y La metamorfosis que nos llevan a afirmar que poseen un carácter realista.
Los dos textos se caracterizan por la verosimilitud en la narración, en las descripciones y en los diálogos. A ello contribuye la multitud de datos que los narradores proporcionan al lector. A modo de ejemplo, podemos citar la minuciosa descripción de la casa del sastre Petrovich que compone el narrador de "El capote". De La metamorfosis destacamos la pormenorizada explicación de todos los movimientos que lleva a cabo Gregor Samsa para salir de la cama nada más despertarse.
Otra cualidad propia de la estética realista es la capacidad de describir la psique humana a través de objetos. El desgastado abrigo que da título al relato de Gógol es el principal símbolo de la obra. El capote representa la misma existencia de Akaki Akakievich, su ilusión por vivir y su reconocimiento social. Por su parte, la novela de Kafka está cargada de símbolos. Por ejemplo: al final de la segunda parte, el padre de Gregor le lanza una manzana que se le incrusta en la espalda, se le infecta y finalmente le provoca la muerte. Este pasaje remite al primer libro del Antiguo Testamento, el Génesis, donde se explica que el pecado original cae sobre los hombres porque Adán y Eva comieron una manzana del árbol del conocimiento.
El realismo supuso la ampliación del material de la literatura a los aspectos más prosaicos de la realidad. Es impensable encontrar una obra literaria anterior a la etapa del realismo protagonizada por un don nadie como Akaki o Gregor. El personaje de "El capote" es un humilde funcionario
al que ni remotamente puede considerarse digno de nota bajo ningún concepto.
Trabaja como copista en la Administración Civil, no mantiene relaciones íntimas con ninguna persona y se le cae el alma a los pies cuando tiene que comprarse un nuevo abrigo. El protagonista de La metamorfosis no sobresale sobre Akaki. Gregor es un viajante de comercio que está descontento con su empleo porque le impide estrechar relaciones con otras personas y porque no se siente valorado por sus superiores. A pesar de ello, continúa trabajando para saldar las deudas que sus padres contrajeron con su jefe.
Las obras realistas se encuadran en un espacio y un tiempo determinados. El relato de Gógol transcurre en San Petersburgo. Asimismo, la novela de Kafka se desarrolla en el interior de un piso en
la tranquila pero central [calle] Charlottenstrasse.
Podemos suponer que esta calle se encuentra en la ciudad natal del escritor: Praga. Ninguno de los dos narradores ofrece las coordenadas temporales de la acción que relatan. Sin embargo, por los datos que se desprenden de los textos, cabe inferir que las desventuras de Akaki tienen lugar a mediados del siglo XIX y la metamorfosis de Gregor, a principios del XX.
Como hemos analizado, "El capote" y La metamorfosis pueden encuadrarse, desde un punto de vista formal, en la estética realista. En cambio, si atendemos al contenido, tenemos que calificarlas de irreales e, incluso, absurdas.
El relato de Gógol cuenta la historia de Akaki Akakievich, un funcionario que tiene más de cincuenta años. Su categoría en la Administración Civil es la de consejero titular,
categoría que, como todo el mundo sabe, ha sido objeto de risa y escarnio por toda clase de plumíferos que tienen la loable costumbre de meterse con aquellos que no pueden defenderse por sí mismos.
Akaki estaba determinado ya desde el bautismo a ser consejero titular pues, durante la ceremonia, compuso un mohín que así lo indicaba.
Su trabajo consiste en la monótona copia de documentos.
Aparte del trabajo de copia, nada parecía existir para él.
Akaki pasa el tiempo libre copiando documentos también. No es de extrañar que, cuando levanta la vista del papel, vea renglones por doquier.
Vive en una pensión. Apenas se relaciona con nadie. Se expresa casi siempre
con preposiciones, adverbios y, en suma, aquellas partes de la oración que no tienen sentido alguno.
Tiene facilidad para ensuciarse cuando camina por la calle: acumula en el sombrero los desperdicios que tiran por una ventana, se choca con un deshollinador de chimeneas...
Se le cae el alma a los pies cuando descubre que tiene que desechar su viejo abrigo (objeto de burla entre sus compañeros de trabajo) y comprarse uno nuevo. Ante la falta de dinero, decide ahorrar y se plantea, entre otros medidas, pisar
lo más ligeramente posible en adoquines y baldosas para no desgastar demasiado pronto las suelas de sus botas.
Con el tiempo, la idea de adquirir un nuevo y elegante abrigo le satisface, le alimenta espiritualmente e, incluso, le acelera el pulso.
La nueva prenda transforma la vida de Akaki. Sus compañeros de trabajo le felicitan por el abrigo. Además, recibe una invitación a una fiesta. Pero
sencillamente no sabía que hacer, dónde poner las manos y los pies y, más aún, el cuerpo entero; acabó por sentarse junto a los jugadores de cartas, miró las cartas, estudió la cara de un jugador, luego la de otro, y al poco rato empezó a aburrirse y bostezar, sin duda porque se iba haciendo tarde y ya había pasado la hora en que solía acostarse.
Al salir de la fiesta, dos hombres le asaltan y le roban el abrigo. Akaki se muestra decidido a encontrarlo, como si le fuera la vida en ello. Recurre a un centinela, al comisario de policía del distrito y a un personaje importante. Este último le echa un rapapolvo tal... que le provoca fiebres.
Sus palabras y pensamientos incoherentes giraban todos en torno a una y la misma cosa: el abrigo.
El pobre funcionario fallece.
¿Pero quién habría podido imaginar que éste no fue el fin de Akaki Akakievich, quien durante unos cuantos días después de su muerte estaba destinado a ser tema de comidilla de toda la ciudad, quizá como recompensa por haber pasado inadvertido toda su vida? Pero así fue, y nuestra pobre historia adquirió inesperadamente un fantástico final.
En efecto: aparece por las calles de San Petersburgo un fantasma en forma de funcionario que se dedica a despojar de su abrigo a los viandantes en busca del que le robaron.
Pasamos ahora a examinar La metamorfosis. La novela de Kafka comienza así:
Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.
¡Toma ya! Un joven viajante de comercio se transforma de la noche a la mañana en un insecto que, además, es capaz de pensar, sentir, escuchar y entender a las personas, articular y emitir un discurso coherente; que alberga deseos, esperanzas, remordimientos, y que incluso siente atracción por la música.
En principio, Gregor no se muestra preocupado por su flamante condición artrópoda:
Recordó que ya en varias ocasiones había sentido en la calma algún leve dolor, quizá producido por estar mal tumbado, dolor que al levantarse había resultado ser sólo fruto de la imaginación, y tenía curiosidad por ver cómo se iban desvaneciendo paulatinamente sus fantasías de hoy.
Tanto es así que está dispuesto a vestirse, empaquetar el muestrario y salir de viaje, como el resto de los días.
Gregor no vive solo, sino con sus padres y su hermana Grete. La primera reacción de la familia al conocer la metamorfosis es de rechazo. Después, la joven Grete pasa a ocuparse de su hermano. Le lleva comida a su cuarto:
"Hoy sí que le ha gustado", decía, cuando Gregor había comida con abundancia, mientras que, en el caso contrario, que poco a poco se repetía con más frecuencia, solía decir con tristeza: "Hoy ha sobrado todo".
También vacía su habitación para que pueda arrastrarse sin encontrar obstáculos.
La convivencia con un monstruoso insecto —como el lector puede llegar a imaginar— no resulta nada fácil: la hermana de Gregor es incapaz de soportar su asquerosa apariencia, su madre se desmaya al verlo y su padre lo bombardea con manzanas. Pero no cabe otra alternativa:
Gregor, a pesar de triste y repugnante forma actual, era un miembro de la familia, a quien no podía tratarse como a un enemigo, sino frente al cual el deber familiar era aguantarse la repugnancia y resignarse, nada más que resignarse.
Con el tiempo, el insecto se convierte en un estorbo porque impide a la familia mudarse y ahuyenta a los huéspedes alojados en el hogar familiar. Grete, que había asumido al principio el cuidado de su hermano, dice ahora:
Tiene que irse, es la única posibilidad, padre. Sólo tienes que desechar la idea de que se trata de Gregor. El haberlo creído durante tanto tiempo ha sido nuestra auténtica desgracia, pero ¿cómo es posible que sea Gregor? Si fuese Gregor hubiese comprendido hace tiempo que una convivencia entre personas y semejante animal no es posible, se hubiese marchado por su propia voluntad: ya no tendríamos un hermano, pero podríamos continuar viviendo y conservaríamos su recuerdo con honor. Pero así esta bestia nos persigue, echa a los huéspedes, quiere, evidentemente, adueñarse de toda la casa y dejar que pasemos la noche en el calle.
Ese mismo día, Gregor muere, para descanso de su familia.
"El capote" y La metamorfosis: dos relatos absurdos contados con un estilo realista. ¿Por qué? Pensamos que los narradores pretenden dotar de verosimilitud la existencia insignificante y vacía de Akaki, así como la inviable mutación de Gregor; y la única forma de conseguirlo es a través del realismo. Gógol y Kafka quieren que el lector acabe por aceptar las historias como reales. Si hubieran empleado otro estilo literario, habrían malogrado su objetivo.
Enlaces complementarios:




no entiendo pq al final de El Capote, dice q el fantasma era mas alto y con gran bigote... Qien es ese fantasma es entonces??