Cuando se enteró de que debajo de su casa iban a establecer un pub, empezó a preocuparse. Imaginó que la calle apartada y tranquila donde vivía de pronto se transformaría en una de las zonas más concurridas de la ciudad. Previó que algunos clientes borrachos ensuciarían el portal con sus vomitonas. Supuso que el pub atraería la prostitución, la delincuencia y el trapicheo de drogas al barrio. Pensó en todo eso, en todo menos en el ruido.
El día en que inauguraron el local, cinco altavoces gigantescos estuvieron escupiendo una música machacona y atronadora desde las nueve de la mañana hasta las tres de la madrugada de forma ininterrumpida. Esa música machacona y atronadora percutía la estructura del edificio y estremecía las paredes y el techo de las viviendas. Nuestro vecino confiaba en que ese nivel de ruido fuera algo excepcional, debido a la fiesta de inauguración, y que en adelante se amortiguara el estrépito. Sin embargo, durante toda la semana, los infatigables altavoces continuaron escupiendo música machacona y atronadora desde las nueve de la mañana hasta las tres de la madrugada sin piedad.
Nuestro vecino, de natural afable, comenzó a soliviantarse. Una noche, incapaz de conciliar el sueño, bajó al pub en pijama y expuso a voz en grito su problema al gerente. Éste le pidió disculpas en la medida en que el desarrollo de las actividades del local pudiera perturbar la habitabilidad de su vivienda; pero le aseguró que contaba con los permisos administrativos en regla y le sugirió que se tomase una copa para relajarse. "Esto no se va a quedar así", amenazó nuestro vecino.
Los técnicos municipales midieron el estruendo que soportaba diariamente en su domicilio —muy por encima del nivel permitido por las ordenanzas locales— y enviaron un requerimiento de silencio al encargado del pub. El gerente, ensordecido por la música machacona y atronadora, desoyó la petición. Así que nuestro vecino presentó una denuncia en la que solicitaba la clausura del establecimiento. Pero el Ayuntamiento rechazó la petición por considerarla desproporcionada.
Los altavoces seguían escupiendo música machacona y atronadora con el beneplácito de la autoridad competente, y nuestro vecino empezó a enloquecer. La música machacona y atronadora había invadido su cerebro, y no dejaba de escucharla, en la calle, en el trabajo, en el gimnasio, en el coche, como un eco que se repitiera sin fin. Y lo peor sucedía cuando estaba en casa: al eco que resonaba en su cerebro, se sumaba la música machacona y atronadora procedente del pub. La sinfonía horrísona que se formaba entonces en su cabeza le aturdía y desquiciaba.
Así que una noche de verano, preso de la desesperación, nuestro vecino salió al balcón de su casa, se subió a la barandilla y se arrojó al vacío, con la esperanza de que en el más allá reinase un silencio sepulcral.
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* Creo que el precio del éxito es trabajo duro.